viernes, 23 de octubre de 2009

I Thought My Father Was God


Julieta

O, swear not by the moon, the inconstant moon,

That monthly changes in her circled orb,

Lest that thy love prove likewise variable.


Romeo

What shall I swear by?


Julieta

Do not swear at all

Or, if thou wilt, swear by thy gracious self,

Which is the god of my idolatry,

And I'll believe thee.






Creo que el que memorizó ese parlamento era un P distinto al P que ahora transita y escribe, más delgado -sin duda-, más romántico -obvio-, mucho más encasillado -juventud y egolatría, eso siempre-, pero hay cosas que permanecen y duran y me acompañarán y darán forma hasta que suceda el inevitable fin de mis noches -si no me caigo primero del caballo, id est, más Saulo que Pablo-. Verbigracia, siempre he defendido que hay dos tipos de dioses a los que los humanos rendimos culto y adoramos, hacia quienes proyectamos nuestros sueños y elevamos nuestras súplicas; dos dioses, uno de tarima y otro de altar, si se quiere, unos teñidos de carne y hueso pero divinos en su torre de marfil, ajenos genios, broncíneos maratonianos y actores del método que, desde nuestros yoes menudos y vulgares y mediocres y todoacien, se nos revelan infalibles, todopoderosos, inmortales; y otros amorfos y gasificados, convertidos en ídolos dorados, ausentes y despiadados y omnipresentes dioses veterotestamentales. Y ambos surgen de nuestra atávica necesidad de protección y mejora, de la búsqueda de una cueva menos húmeda para hibernar y de un momento dado en el que nuestro tiro combinado con efecto de lanza sílex nos convierta en el australopiteco más chachi de toda la manada. Y ambos son inventados, quiero decir: ficticios, o sea, literatura. Dios es, en fin, una novela: hacemos de todo para que sea verdad, pero no existe.









Siempre he defendido que la infancia irrecuperable comienza cuando descubres que tus padres son humanos, que tienen defectos y se equivocan, que son injustos y exagerados: cuando descubres que tu padre no es dios, no importa a que edad ocurra, lo infantil se te termina. Hay una antología de cuentos estadounidenses recopilada por Paul Auster, a partir de relatos mandados a un concurso de radio, bajo el título escalofriante y perfecto de: Creía que mi padre era Dios, en el que, entiendo, lo mejor es el tiempo verbal que lo recorre (un tiempo que nos habla de la edad de la inocencia, de la nocilla sin complejos, de los dibujos a media tarde, de las notas enrrolladas en el estuche de los lápices, tiernos papiros). Al comprender -sí, más que descubrimiento es comprensión, tiene algo de gradual ese darse cuenta- que ni Dios, ni tu padre, ni siquiera Clark Gable son inefables, ni infalibles, ni siquiera perfectos, la base sobre la que tus pies descuidados llevaban tanto tiempo aposentados, se resquebraja; no encuentras asidero, la respiración te abandona, te sobrecoge el mundo y sus posibilidades desalmadas, todo se hace más frío, más incómodo, más pequeño, más añil (las ascuas de un crepúsculo morado, por citar el mejor de nuevo).









Por eso recomiendo en ocasiones The prize, Metro Goldwyn Mayer 1963, obra menor de Paul Newman (y Elke Sommer y Edward G Robinson) que narra las desventuras del flamante galardonado con el Nobel de literatura, Andrew Craig, en los días previos a la entrega de premios, correteando por Estocolmo para averiguar el paradero del premiado en Física, un doctor alemán huído a los States con las prisas del nazismo, de quien sospecha que ha sido secuestrado y suplantado por un doble. Con un trasfondo de telones férreos, no deja de ser una muerte en los talones a la europea -se nota constantemente que Lehman es el guionista de ambas- aunque sin duda Hitchcock hubiera hecho algo mejor, tal vez intensificar la trama central (la peli pierde mucho en sus historias colatelares con los otros premiados) y acortarla un rato, tal vez media hora: ni siquiera Paul Newman es capaz de engancharte 120 minutos seguidos, al menos no en esta ocasión, ni aunque lo acompañen la bella y helada Sommer o la cálida y misteriosa Diane Baker. Por lo demás, es una fantástica película de domingo, fenomenal para recapacitar sobre el lado más humano de los dioses de papel, de aquellos a quienes idolatramos por el mero hecho de saltar más alto, o correr más rápido o mirar más fijo. Cuando Newman, justo al comienzo, en la rueda de prensa previa a la ceremonia, confiesa ser un fraude, estar acabado, sufrir bloqueo perenne de escritor y pagarse las facturas mediante novelitas policiacas firmadas con pseudónimo, desciende de la tarima marmólea de los elegidos para abrazar la causa del vulgar mortal, y con ello se entrega, quizá sin saberlo, a la causa más perfecta, puesto que la gente común, nosotros los hijos del mercadillo de calcetines, hermanados por el rastro disfrutamos más con sus novelitas pulp que con sus ingentes proyectos decimonónicos, porque cuando la política salta directa y conscientemente de la mano a la novela, la literatura se convierte en un pestiño aglomerado de términos sin sentido, porque en el arte uno solo da en el centro cuando tira sin apuntar, y cuando pretende una soflama se queda en el pasquín, que no es poco pero es un coñazo que te mueres.

domingo, 18 de octubre de 2009

This is not a love story

No deberíamos obligar a nadie a querernos, pero se hace constantemente, es casi mecánico; ni pretender que alguien nos quiera por el mero, y ridículo y banal e inapreciable, hecho de que estemos enamorados de ese alguien; ni caer en el oscuro abismo de la desesperación insomne si se nos rechaza, si mononeuronalmente creemos que compartir mi vida contigo es la única vía abierta al tráfico en la descabellada autopista de la felicidad. Tom cree en el amor, con Summer, pero Summer no en el amor, no con Tom al menos. Esa es la historia, resumida, de 500 días juntos, según la pésima traducción en castellano de (500) days of Summer, donde el paréntesis grita muchas cosas sobre la peli y que el nombre de la protagonista sea Verano, casi que también. Aunque no es nada original el batiburrillo cronológico del que se nutre la historia, sinceramente creo que bajo un modelo clásico de guión líneal, (500) sería un film aburridillo más sobre una ruptura sentimental cantada. Sin una base cronológica coherente sobre la que apoyarnos, es sencillo empatizar con Tom, muy fácil subirnos a ese paquebote desvencijado que se debate entre gruesos mares de dudas y tifones varios de amor, seguro de que Summer es la chica ideal, pero incapaz de convencerla a ella de lo mismo.


Pese a que no pasará a la historia del cine por sus diálogos mordaces, ni por su bella fotografía o su precisa dirección artística, (500) nos devuelve la esperanza en el género fílmico y lo hace, un poco a lo Lost in translation (escenas de karaoke incluidas), catapultada por un puñado de silencios únicos, de esos precisos que escoge la música para nacer. Espléndida, en fin, la banda sonora, con un par de pinceladas de The Smiths por aquí -to die by your side, is such a heavenly way to die, es prácticamente la primera de las frases que Tom y Summer comparten, en el ascensor, durante sus 500 días juntos: morir a tu lado es una manera divina de morir-, algo de Regina Spector por allá, incluso Carla Bruni se cuela con su Quelqu'un m'a dit, y Simon&Garfunkel que tan bien quedan en estas pelis de sí, pero no. Y cada maldita vez que el tiempo se para y los edificios se desdibujan y se atenuan las farolas, cada vez que una canción dice lo que la historia necesita decir y los personajes no se atreven o no saben o prefieren que una canción lo diga mil veces mejor que lo que ellos lo harían jamás, yo, espectador insensato de mediocre inglés, no me entero por entero de qué pueda ser eso que, cada jodida vez que sucede, es tan fundamental para la historia que todo se detiene para que la música tome las riendas y defina el momento. Así pasa, por ejemplo, cuando Summer se sube al escenario del karaoke en la fiesta de la oficina, casi al principio de la peli, y mientras canta la primera estrofa de Sugar town, de Nancy Sinatra, deberíamos poder leer, en la parte baja de la pantalla y con buena letra:


I got some troubles but they won't last
I'm gonna lay right down here in the grass
And pretty soon all my troubles will pass
'cause I'm in shoo-shoo-shoo, shoo-shoo-shoo
Shoo-shoo, shoo-shoo, shoo-shoo Sugar Town



o bien:


Surgieron algunos problemillas pero no durarán,
me voy a tumbar aquí mismo, sobre la hierba,
y muy pronto todos esos problemas pasarán
porque estoy en la ciudad de azúcar.



porque la precisa elección de ese tema, y no otro cualquiera (justo después Summer confiesa: había elegido Born to run, de Bruce, pero no la tenían, increíble), habla sobre su carácter, nos ayuda a definirla, a encasillarla, a dibujarla, a comprenderla, nos ayuda a no odiarla demasiado por no querer tanto a Tom como Tom sin duda la quiere a ella,. Nos están robando, en fin, parte de la historia, piezas del puzzle perfecto -y muy lindo y muy muy muy bien empaquetado- que es (500) days of Summer. Dos recomendaciones, en fin: para ti, lector, ve al cine y disfruta con 95 minutos de delicada esperanza para el futuro cinematográfico; y para los chicos responsables: subtitúlenme las canciones, por favor, que mi inglés es de todo a cien y mi oído, una piedra.