Julieta
O, swear not by the moon, the inconstant moon,
That monthly changes in her circled orb,
Lest that thy love prove likewise variable.
Romeo
What shall I swear by?
Julieta
Do not swear at all
Or, if thou wilt, swear by thy gracious self,
Which is the god of my idolatry,
And I'll believe thee.
Creo que el que memorizó ese parlamento era un P distinto al P que ahora transita y escribe, más delgado -sin duda-, más romántico -obvio-, mucho más encasillado -juventud y egolatría, eso siempre-, pero hay cosas que permanecen y duran y me acompañarán y darán forma hasta que suceda el inevitable fin de mis noches -si no me caigo primero del caballo, id est, más Saulo que Pablo-. Verbigracia, siempre he defendido que hay dos tipos de dioses a los que los humanos rendimos culto y adoramos, hacia quienes proyectamos nuestros sueños y elevamos nuestras súplicas; dos dioses, uno de tarima y otro de altar, si se quiere, unos teñidos de carne y hueso pero divinos en su torre de marfil, ajenos genios, broncíneos maratonianos y actores del método que, desde nuestros yoes menudos y vulgares y mediocres y todoacien, se nos revelan infalibles, todopoderosos, inmortales; y otros amorfos y gasificados, convertidos en ídolos dorados, ausentes y despiadados y omnipresentes dioses veterotestamentales. Y ambos surgen de nuestra atávica necesidad de protección y mejora, de la búsqueda de una cueva menos húmeda para hibernar y de un momento dado en el que nuestro tiro combinado con efecto de lanza sílex nos convierta en el australopiteco más chachi de toda la manada. Y ambos son inventados, quiero decir: ficticios, o sea, literatura. Dios es, en fin, una novela: hacemos de todo para que sea verdad, pero no existe.

Siempre he defendido que la infancia irrecuperable comienza cuando descubres que tus padres son humanos, que tienen defectos y se equivocan, que son injustos y exagerados: cuando descubres que tu padre no es dios, no importa a que edad ocurra, lo infantil se te termina. Hay una antología de cuentos estadounidenses recopilada por Paul Auster, a partir de relatos mandados a un concurso de radio, bajo el título escalofriante y perfecto de: Creía que mi padre era Dios, en el que, entiendo, lo mejor es el tiempo verbal que lo recorre (un tiempo que nos habla de la edad de la inocencia, de la nocilla sin complejos, de los dibujos a media tarde, de las notas enrrolladas en el estuche de los lápices, tiernos papiros). Al comprender -sí, más que descubrimiento es comprensión, tiene algo de gradual ese darse cuenta- que ni Dios, ni tu padre, ni siquiera Clark Gable son inefables, ni infalibles, ni siquiera perfectos, la base sobre la que tus pies descuidados llevaban tanto tiempo aposentados, se resquebraja; no encuentras asidero, la respiración te abandona, te sobrecoge el mundo y sus posibilidades desalmadas, todo se hace más frío, más incómodo, más pequeño, más añil (las ascuas de un crepúsculo morado, por citar el mejor de nuevo).
Por eso recomiendo en ocasiones The prize, Metro Goldwyn Mayer 1963, obra menor de Paul Newman (y Elke Sommer y Edward G Robinson) que narra las desventuras del flamante galardonado con el Nobel de literatura, Andrew Craig, en los días previos a la entrega de premios, correteando por Estocolmo para averiguar el paradero del premiado en Física, un doctor alemán huído a los States con las prisas del nazismo, de quien sospecha que ha sido secuestrado y suplantado por un doble. Con un trasfondo de telones férreos, no deja de ser una muerte en los talones a la europea -se nota constantemente que Lehman es el guionista de ambas- aunque sin duda Hitchcock hubiera hecho algo mejor, tal vez intensificar la trama central (la peli pierde mucho en sus historias colatelares con los otros premiados) y acortarla un rato, tal vez media hora: ni siquiera Paul Newman es capaz de engancharte 120 minutos seguidos, al menos no en esta ocasión, ni aunque lo acompañen la bella y helada Sommer o la cálida y misteriosa Diane Baker. Por lo demás, es una fantástica película de domingo, fenomenal para recapacitar sobre el lado más humano de los dioses de papel, de aquellos a quienes idolatramos por el mero hecho de saltar más alto, o correr más rápido o mirar más fijo. Cuando Newman, justo al comienzo, en la rueda de prensa previa a la ceremonia, confiesa ser un fraude, estar acabado, sufrir bloqueo perenne de escritor y pagarse las facturas mediante novelitas policiacas firmadas con pseudónimo, desciende de la tarima marmólea de los elegidos para abrazar la causa del vulgar mortal, y con ello se entrega, quizá sin saberlo, a la causa más perfecta, puesto que la gente común, nosotros los hijos del mercadillo de calcetines, hermanados por el rastro disfrutamos más con sus novelitas pulp que con sus ingentes proyectos decimonónicos, porque cuando la política salta directa y conscientemente de la mano a la novela, la literatura se convierte en un pestiño aglomerado de términos sin sentido, porque en el arte uno solo da en el centro cuando tira sin apuntar, y cuando pretende una soflama se queda en el pasquín, que no es poco pero es un coñazo que te mueres.
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